La casa estaba ubicada en un estrecho callejón, bastante alejada del resto de las viviendas. A lo largo de la torcida línea que seguía el antiguo camino de tierra, que empezaba en la interestatal y terminaba al pie de las montañas, había apenas quince casas. La distancia entre ellas era en promedio de unos dos kilómetros, por lo que los habitantes del sector no tenían absoluta idea de lo que ocurría en la casa de sus vecinos. Los únicos sonidos que se solían escuchar al transitar por encima de las piedras (porque el camino tenía más piedras que tierra) eran los de las mismas rocas colisionando unas con otras bajo el calzado y los de las hojas de los árboles que se rozaban cada vez que una caía danzando hasta el suelo.

En el jardín posterior de la penúltima casa antes de llegar a las colinas, justo debajo de una gigantesca secuoya, se hallaba ubicada una mecedora, aún funcional tras decenas de generaciones. Su propietaria, una senil mujer que había sobrevivido a más de mil inviernos (mil-doscientos-setenta-y-siete, si su memoria no le fallaba y ¡diablos que había de fallarle para entonces!), descansaba en ella entre el alba y el ocaso, día tras día. No importaba si llovía o caían granizos, aquella ubicación privilegiada, de un par de metros cuadrados, guardaba con disimulo un comportamiento altamente inusual en términos de la naturaleza del mundo físico: yacía inmutable frente a los fenómenos climáticos. No importaba si un tornado atravesaba el patio trasero; la viejecilla, recostada en su mecedora, se mantenía impertérrita.

A espaldas de la anciana que, en ese momento, observaba el horizonte con sus ojos excesivamente abiertos cual cristiano que se hunde en arenas movedizas, se erguía la casa sólida, abrumadora. La primera sensación que percibía una persona al acercarse a menos de cinco metros de su frontis, era la de ser aplastado por una mole gigantesca. Nyelyeztyebya, era el pensamiento que ocupaba los intelectos de quienes dolían por la desdicha de tener que acercarse a esa casa maldita. Solo eso: nyelyeztyebya. Quienes refugiaban esa perturbadora palabra en su consciencia viviente por vez primera, no tenían oportunidad alguna de comprender su significado, “su profundo significado”, como había dicho cientos de veces la abuela en aquellos tiempos en que aún perduraba cierto grado de buen humor en su ser.

En la puerta que daba al jardín trasero, apoyado en el marco de la puerta, estaba Jonás. Con los dedos de la mano derecha sostenía una manzana roja, brillante y apetitosa que ya había mascado en un par de ocasiones. Su quijada subía y bajaba al compás de una composición musical mesopotámica. De pronto, sintió la necesidad de volver a mirar su rostro para verificar lo que había comprobado en un montón de ocasiones: el vello animal que crecía sobre su rostro. Una barba densa hubiese sido aceptable, sin embargo, el pelo que crecía sobre su cara (y el resto de su cuerpo) hubiese bastado para que un cazador lo confundiera con una bestia salvaje y decidiera quitarle la vida con el fin de arrebatarle algo más: su piel, su peluda piel animal (el material habría alcanzado para confeccionar una prenda de vestir pequeña). Su devenir estaba subordinado a una lucha constante entre las dos maneras que tenía para explicar aquello que le ocurría. Por una parte, asomaba como responsable una persona a la que él había querido mucho durante toda su vida (y lo seguía haciendo). Por otra, estaba el azar: las mutaciones genéticas también podían explicar su condición. Pareciera que a las células les gusta cometer errores durante las múltiples divisiones que sobrellevan a lo largo de su vida. El hombre cabeza de pájaro había intentado aclarar todas sus dudas, instándolo a inclinarse por la primera de las explicaciones, sin embargo, Jonás continuaba escéptico.

La parte más molesta de haberse convertido de un día para otro en un animal, era tener que convivir con esa estúpida cola que se balanceaba de un lugar a otro, como desentendida de lo que ocurría a su alrededor, casi con vida propia. Aparentemente su cuerpo solo la alimentaba con la sangre necesaria para dar vida a las células que la constituían: su voluntad no bastaba para moverla. De haber podido controlarla, le habría ordenado “quédate quieta de una puta vez”.

Un pequeño temblor remeció sus pies y le hizo sobresaltarse. Todavía no se acostumbraba a los sismos que producía al pasar cerca Fígaro, el perro de la abuela. El pequeño animal solía recorrer distancias impensables surcando la tierra.

—¡Abuela, el topo vino a verte! —gritó Jonás y arrojó lo que le quedaba de la manzana, pues empezó a saber y oler extraño.

La abuela, girando su cabeza en un barrido que casi alcanzó a formar un ángulo extendido, dirigió esa misma mirada profunda que había mantenido hasta entonces clavada en el horizonte, hacia Jonás. El muchacho sintió un par de rayos paralelos imaginarios que le atravesaban la cabeza, como salidos de los ojos de la vieja. Sabía que hacerla disgustar no podía traer consigo nada bueno, pero qué más daba: ¿acaso le podía suceder algo peor que tener el cuerpo lleno de pelo? Luego de que la anciana le repasara con sus ojos estériles, prefirió alejarse. Sacó un cigarrillo de una cajetilla de lata y lo fumó con calma.

Fígaro asomó su cabeza desde la tierra justo a un costado de la mecedora de la abuela. La anciana se inclinó un poco hacia delante y le acarició la cabeza. Su cola empezó a moverse. Jonás observó cómo incluso el topo era capaz de controlar su cola mejor que él. Un tiempo atrás había estimado que solo le faltaba entrenamiento para conseguirlo, pero más tarde decidió no autoadiestrarse. “A ver, es verdad, soy un animal, no puedo negarlo, pero si hoy entreno mi cola, mañana estaré aprendiendo a cagar en el patio y a limpiarme los restos de comida en la nariz a costa de lengüetazos”, dijo mientras se dejaba invadir por una suerte de ansiedad.

Mientras Jonás observaba al topo meneando la cola sentado a un costado de su ama, recordó la explicación que la abuela había dado para su condición de hombre lobo: nyelyeztyebya. Aquella era, sin duda alguna, la palabra más extraña que había escuchado en toda su vida. La anciana había desestimado explicarle el significado de dicho término, mas, en virtud de las numerosas circunstancias en que había escuchado salir esa palabra de su fétida boca, parecía más bien un comodín: algo así como la cinta americana que sirve indistintamente al fontanero para parchar una pequeña rotura en la tubería que lleva agua hasta el jardín de una casa y al militar para reparar su fusil automático, luego de sobrecalentarse producto de una cadencia de tiro demasiado elevada (algo así como de unos novecientos disparos por minuto).

—Tráeme un vaso con agua, inútil.

—Está bien, abuela —respondió Jonás y se dirigió hacia la cocina.

Al entrar en la casa, caminó por un pasillo donde había varios espejos colgados en la pared. Al pasar junto a ellos, tuvo oportunidad de cumplir el deseo que le había invadido rato atrás. Entonces, se detuvo repentinamente y contempló su reflejo. Varios recuerdos de su primera semana como hombre lobo vinieron a su cabeza. Recordó, por ejemplo, cómo cada una de las cuatro primeras mañanas se rasuró sistemáticamente todo el vello de aquellas partes de su cuerpo que se asomaban por debajo de la ropa y, claro, durante el día no había problema; de no ser por las cejas, que adoptaban una apariencia extraña, alguien que no lo conociera difícilmente se daría cuenta de su condición. Sin embargo, cada amanecer acarreaba una nueva desilusión: el vello reaparecía con el alba.

Aquello lo motivó a quedarse en vela toda una noche. Imaginó que, si trasnochaba, el vello no tendría ocasión para emerger desde los folículos que se hallaban incrustados en su cara. Hacia las dos de la madrugada, cuando acumulaba cuatro horas de vigilia, la abuela se levantó de su mecedora. Un pájaro tue-tue le acompañó en su lento tránsito hasta el vestíbulo.

—Tue-tue, tue-tue —cantó el pájaro. El sonido resonó unos quinientos metros a la redonda y espantó a varias aves que intentaban dormir en las copas de los árboles.

Justo antes de ingresar en la casa, la anciana se detuvo un momento, dirigió la mirada hacia el oscuro cielo y le lanzó un escupitajo en toda la cara. Las viscosas babas descendieron por su rostro hasta acumularse en una pequeña bola, que terminó por caer sobre el colchón de hojas del patio. Las hojas que recibieron el fluido se inflamaron por un instante y pronto se convirtieron en cenizas.

—¡Sigo esperando que vengas a tomar desayuno, pajarraco infeliz! —profirió la anciana y continuó su andar.

—Tue-tue, tue-tue —volvió a cantar.

Entonces, Jonás salió al patio con el fin de recoger la manta de la abuela que había quedado tirada junto a la mecedora. El pájaro cantó una vez más. Entonces, Jonás miró hacia el cielo y dio justo con su mirada. “Jamás debes mirar un pájaro tue-tue directo a los ojos”, le habían dicho de pequeño sin explicar por qué. Cuando el sol se asomó en el horizonte y la abuela caminó hacia el patio en aras de un nuevo ciclo de reposo inmóvil en el jardín, Jonás despertó bajo el amparo de la gigantesca secuoya y lo comprendió. Tenía las extremidades y el torso congelados. Los mocos que tenía en la nariz se habían transformado en verdaderas estalactitas. Había soñado.

—¡Cuántas veces te he dicho que no se mira un pájaro tue-tue a los ojos! —masculló la vieja mientras avanzaba paso a paso.

Pero había sido sin querer. No se consideraba tan intrépido como para intentar averiguar de forma intencional qué ocurría al hacerlo. Aun así, lo había hecho. Por ahora, era más importante comprender el significado de aquel sueño que había tenido mientras dormía a la intemperie.

Estaba de pie en medio de un bosque denso, una especie de bosque selvático, con árboles, arbustos, maleza y un estrecho camino lodoso. Entre unas zarzamoras, vio un destello blanco proyectarse como un rayo que cae del cielo. Justo después, el hombre cabeza de pájaro apareció abriéndose paso a través de las ramas. Vestía un atuendo sencillo, desgastado por el uso continuo. Hedía como si no se hubiese bañado en años, sin embargo, su piel humana lucía limpia.

—Hola Jonás —dijo. El pico se movió raudo al compás de las vocalizaciones.

Jonás sintió el deseo de contestar, sin embargo, donde antes creía haber tenido sus cuerdas vocales parecía no haber nada. Era como si en aquel trance entre la vigilia y el sueño, le hubiesen hecho una cirugía para arrancárselas de cuajo. No sentía dolor ni incomodidad alguna, mas sabía que no estaban allí.

—¿Recuerdas la última vez que la abuela preparó un montón de panqueques? —Claro que lo recordaba—. ¿Recuerdas el manjar derramándose entre los pliegues de cada uno? ¿Lo recuerdas?

Por un momento ansió probar uno de esos panqueques. Producto del calor de la masa, el manjar rebosaba por los extremos. El hombre cabeza de pájaro se inclinó repentinamente, intentando llamar la atención de Jonás, que tenía la mirada perdida en los arbustos. El movimiento le permitió notar una franja de plumas blancas en el cuello del hombre. El resto de su cabeza estaba cubierto por plumas negras.

—¿Y recuerdas que antes de rellenarlos, preparó el manjar ella misma en un gran caldero de greda? —La imagen vino a la cabeza de Jonás. El caldero, ennegrecido en la parte inferior producto de las llamas, era redondo y tenía unas paredes gruesas. Colgaba de un marco metálico corroído por los vapores que manaban de él. Y por supuesto que recordaba la escena. Había visto a la abuela revolver la leche mientras se caramelizaba, con una interminable cuchara de palo que parecía nacer de entre las palmas de sus manos.

—¡Pues no era manjar! ¡Estaba cocinando tu maldición! ¡Así es, Jonás! ¡La abuela te convirtió en hombre lobo! —Producto de la exaltación, el pico del hombre cabeza de pájaro salpicó un líquido espeso, como saliva, pero mucho más denso. Una sustancia realmente asquerosa. Por un momento Jonás imaginó un panqueque relleno con esas babas. Y entonces, nyelyeztyebya. De haber podido hablar, lo habría gritado a los cuatro vientos.

—Una última cosa, Jonás. Dile a la abuela que deje de invitarme a tomar desayuno. Ella ya no es la misma de antes. Tendrán que pasar al menos otros ciento cinco años para que yo vuelva a entrar en esa casa.

Su visión se sumió en el fondo de un túnel, de modo que la distancia entre Jonás y el hombre se extendió como un chicle, y luego regresó. El hombre cabeza de pájaro sonrió. Le hubiese gustado entender cómo es que aquella criatura había sido capaz de sonreír, si en vez de labios tenía un pico formado por dos maxilares rígidos, que solo se abrían y cerraban para dar paso al aire. Una sonrisa tan despreciable y amigable a la vez habría requerido que cada maxilar se curvara temporalmente. Repentinamente, la visión volvió a hundirse hacia el final del túnel. Un par de segundos más tarde, despertó.

Al intentar ponerse de pie, sintió como la delgada capa de hielo que había alcanzado a tomar forma sobre su cuerpo se rompía en pedacitos. Tan pronto como consiguió levantarse, corrió hacia el interior de la casa para mirarse en un espejo. Una vez allí comprobó lo que ya había palpado con sus dedos mientras se desplazaba: su rostro y su cuerpo estaba nuevamente cubierto de pelo.

—¡Maldición! —gritó.

De allí en más supuso que no tenía sentido volver a quedarse en pie toda la noche. Si en verdad era el resultado de un hechizo, no había nada que pudiera hacer para detener su efecto, ¿o sí? Uno siempre podía ir con otro hechicero para que deshiciera el trabajo del anterior, sin embargo, ¿qué practicante de la magia negra era confiable por esos días? Ciertamente el rubro estaba lleno de charlatanes. Además, ¿qué sentido tenía recuperar su apariencia anterior, si tampoco le era demasiado útil? Ni siquiera tenía una novia a quien pudiese molestarle tanto vello repartido por el cuerpo. Por ahora era mejor quedarse así. ¿Conformista? No. Práctico. Eso era todo.

Sintió frío. Pese a haberse adentrado en la casa, su cuerpo no había conseguido entibiarse. Unas campanadas horrendas le hicieron sobresaltarse. Como una rata escurridiza, Jonás se escondió en su habitación. La abuela continuó inmóvil en el jardín. Era el timbre anunciando la llegada del cartero, un hombre de unos cincuenta años, aprendiz del oficio. Sus otros treinta y tantos años de trabajo se había dedicado a la herrería, ocupación que le había proveído cada vez menos ingresos: esa actividad ya no era rentable. Como nadie atendió a la puerta, volvió a tocar el timbre. Las estruendosas campanas volvieron a retumbar en los oídos de Jonás, quien se asomó al vestíbulo y regresó rápidamente a su escondite en el dormitorio.

De pronto, la puerta principal se abrió. La falta de lubricación hizo crujir las bisagras y un pedazo de madera del marco donde estaba atornillada una de ellas, se astilló. El viejo atravesó el umbral con su cabeza blanca, primero, y luego se incorporó por completo. Pensó que podría dejar el lote de correspondencia sobre una mesita de arrimo o encima del sofá e irse sin mayor dilación, mas eso no fue lo que resultó. La puerta se cerró de un golpe tras él, empujando una masa de aire frío que le recorrió la espalda, tras meterse por el hueco que quedaba debajo de la camiseta que llevaba puesta.

El cartero miró alrededor, pero no vio que Jonás lo observaba desde la puerta de su habitación. Al parecer el vello le ayudaba a camuflarse en el paisaje color marrón del interior de la casa.

—¿Aló? ¿Hay alguien en casa? Solo venía a dejar unas cartas… —dijo, mientras ojeaba los nombres en la pila de cartas que llevaba en la mano, como esperando encontrar algún nombre en particular.

Pese a la espera, solo hubo silencio. Nadie respondió a su llamado. Intentó devolverse por donde había llegado, pero la puerta estaba bloqueada. Agarró el pomo y lo sacudió vigorosamente, tratando de desbloquear la cerradura, acción que resultó infructífera.

Volvió a mirar alrededor (otra vez no vio a Jonás) y luego avanzó por el vestíbulo, atravesándolo. A lo lejos, a través de la puerta trasera, divisó a la anciana, sentada en su mecedora. Cuando estaba por llegar al umbral, se le cayeron un par de sobres al suelo. En lo que se agachó para recogerlos, la abuela desapareció de la silla.

—¿A quién busca? —le susurró alguien al oído desde atrás.

Era la anciana, una anciana decrépita, que a su edad había disminuido en estatura tanto como para llegarle poco más arriba del ombligo a su visita. Sin embargo, él estaba seguro de haberla escuchado hablarle junto al oído.

—¡Tiene correspond…! —No alcanzó a terminar.

Al volverse para mirar, se encontró con un par de rayos luminosos turquesa que se proyectaban desde las profundas cuencas oculares de la anciana. Las cartas se le resbalaron por segunda vez de las manos. Dio un respingo hacia atrás y pestañeó varias veces. La presencia de la mujer irrumpió en la tranquilidad que había mantenido hasta ahora, pese a encontrarse encerrado en aquella tétrica casa de campo.

—¿No le enseñaron a tocar antes de entrar? —preguntó la vieja.

—Mis disculpas, mi señora. Toqué varias veces el timbre, pero no salió nadie.

—¿Acaso eso le da derecho a entrar? —rugió.

El hálito de la vieja hedía a una mezcla de cerezas podridas y cebolla recién picada. El hombre tragó saliva. Fue lo último que alcanzó a hacer antes de entrar en un trance profundo. Era como si la bruja lo hubiera hipnotizado. El cuerpo del cartero se dobló hacia atrás, formando un ángulo que parecía imposible de mantener por más de unos cuantos segundos sin caerse. Justo después se despegó diecinueve centímetros del piso. Un fortísimo ruido como de estática hizo eco en sus oídos, mientras su campo visual se oscurecía poco a poco. Finalmente, cayó de bruces.

—¿Te has preguntado qué pasaría si atravesaras de un salto ese cristal de azúcar? —le preguntó la vieja, apuntando en dirección a la ventana del segundo piso. Estaba bastante sucia. Nadie la había limpiado en siglos. Definitivamente, tenía algo más que polvo.

—¿Cristal de azúcar? ¡Pero si es vidrio! —dijo el hombre, incrédulo aun en medio de su trance.

Una sonrisa asquerosa decoró la escena. El hálito de la vieja empezaba a hacerse más agradable con el transcurso del tiempo. La cebolla estaba siendo desplazada por las cerezas, cerezas frescas. El líquido verde que manaba de las encías coloradas, se devolvía ahora por donde había salido. La mujer estaba rejuveneciendo.

—No señor, no es vidrio… Es azúcar, dulce azúcar. Podríamos hacer un rico caramelo con ella. ¿No es así, Jonás? —consultó, a sabiendas de que Jonás espiaba desde su habitación. Entonces, el joven se asomó en el vestíbulo.

Ahora el cartero podía ver a través de la ventana. Estaba limpia. No entendía cómo, pero lo estaba viendo con sus propios ojos. No podía ser mentira. Sus sentidos no le mentían. No lo habían hecho nunca. Los rayos del Sol se escurrieron por la ventana, produciendo un efecto de iluminación extraño, algo así como la luz que llega al interior de un pozo profundo.

—¡Tienes razón! —gritó el hombre. Un pensamiento lo invadió: nyelyeztyebya.

De una carrera subió las escaleras y atravesó la ventana. El cristal se rompió en miles de pedazos, lo que provocó severas lesiones sobre su cuerpo. Al impactar en el suelo reseco, un ruido sordo adornó la acústica del ambiente primaveral. El cráneo se partió en varias piezas. Pequeños trozos de masa encefálica quedaron esparcidos alrededor. Jonás se sorprendió al ver a la viejecita en acción. Sin embargo, a él no le parecía asquerosa. Tampoco hedionda. Él pensaba que la vida le había dado la mejor abuela. Era una mujer arisca, fría, gruñona la mayor parte del tiempo; pero en el fondo… En el fondo era una buena persona. Ella no había sido la responsable de que el hombre se suicidara lanzándose por la ventana. Cada uno ha de ser responsable por las decisiones que toma. El cartero, en este caso, había decidido acabar con su vida, consciente de las consecuencias. Además, poco importaba lo que Jonás hubiese visto, porque poco después lo olvidaría. En otros términos: la imagen de la abuela que él guardaba en su memoria no encajaba con lo que los demás le habían dicho o con lo que el mismo hombre cabeza de pájaro le había contado.

—No quiero ningún desperdicio desparramado en el antejardín. ¡Encárgate de limpiar, maldita sea! —ordenó la anciana, quien iniciaba su tránsito de vuelta a la mecedora. En la caminata hasta el patio recuperó su aspecto senil y nauseabundo. El líquido verdoso volvió a brotar desde sus encías y el olor pestilente invadió su boca otra vez.

Cuando Jonás salió por la puerta principal, no encontró allí los restos de un hombre, sino un saco lleno con desechos alimenticios: sobras de comida, cáscaras de frutas, bolsas de productos envasados, papel de cocina humedecido y otros restos orgánicos, desechos típicos de una casa al cabo de una semana. De todos modos, tampoco esperaba encontrar algo más. Algo en su memoria había cambiado desde que determinó hacerle caso a la abuela con las labores de aseo doméstico. El suelo se sacudió ligeramente. Fígaro apareció desde un agujero en el suelo. Como un conejo, saltó hasta llegar junto al saco y usó su nariz para recorrerlo entero. “Nada interesante”, concluyó y se devolvió por donde había llegado. A medida que el perro avanzaba y dejaba surcos detrás, el agujero se iba cubriendo de tierra automáticamente, por efecto de la gravedad.

Jonás arrastró el saco unos trescientos metros, hasta el antiguo pozo de donde la abuela sacaba agua en baldes para bañarse, cocinar y otros menesteres. Luego, fue a la bodega por una pala. La encontró junto al hacha, cuyo filo relucía amenazante. Había pensado que si alguna vez se quitaba la vida lo haría usando esa herramienta. En aquella ocasión se había cuestionado cómo lo haría, porque, claro, un hacha es una excelente arma, pero ¿cómo la usa uno para suicidarse? Tendría que evaluar las posibilidades con mayor detenimiento si es que en algún momento tomaba la determinación; por ahora no venía al caso. Al regresar al jardín, comenzó a cavar un agujero rectangular, lo suficientemente grande como para albergar el saco. Extrajo la tierra poco a poco, en la medida que su cuerpo esmirriado se lo permitía, tomando breves descansos cada cierto intervalo de tiempo regular y enjugándose el sudor de la frente con el borde de la mano. Cuando clavó la pala la vez número ciento cinco, el golpe sonó distinto. La retroalimentación que recibió en sus manos también le pareció diferente. Era evidente que la punta metálica de la herramienta se había encontrado con algo más que tierra. Se agachó sobre el agujero, escarbó un poco usando sus manos y dio con la respuesta: allí debajo había un cofre de plata. Al abrirlo, se encontró con un montón de cenizas. Una porción del contenido se derramó y otro poco se elevó en el aire producto de una brisa suave que acababa de llegar desde el norte. Luego de reflexionar un momento al respecto, Jonás tomó distancia. Miró por encima de su hombro. La abuela estaba sentada tranquilamente en su mecedora bajo la secuoya, mientras aquellos restos yacían enterrados en ese cofre de plata. En otra época hubiese dudado de lo que sus ojos estaban viendo y lo que su cerebro estaba interpretando, sin embargo, ahora confiaba plenamente en lo que sus sentidos percibían. Se sentó en el borde del agujero y apoyó la cara sobre las palmas de sus manos. Levantó la cabeza y miró en dirección al denso bosque que se extendía desde poco más allá del pozo. Entre los troncos vio una figura humana (o casi humana, al menos). Era el hombre cabeza de pájaro. Pestañeó un par de veces y la silueta se perdió entre los árboles. La apariencia del bosque era opuesta a la que tenía aquel donde había visto a ese extraño ser la vez anterior, mucho más frondoso y lleno de vida. La situación también era distinta: aquello había sido un sueño, ahora estaba despierto. Se levantó de golpe y corrió en dirección al bosque para internarse en él. Su objetivo era encontrar al hombre cabeza de pájaro, quien probablemente podía explicarle lo que acababa de ocurrir. Avanzó raudo esquivando los árboles, cabeceó un par de ramas y entonces… Entonces lo encontró.

—Allí estás —dijo. Otra vez tuvo que enjugarse el sudor de la frente. La criatura estaba sentada en un tronco tirado entre las hojas secas.

—Heme aquí, Jonás. Una pregunta, por cierto: ¿qué esperabas encontrar en el agujero?

—Tierra… O barro. Un cadáver descompuesto de algún animal, o ¡un fósil! Solo encontré tierra.

El hombre cabeza de pájaro no lo podía creer. Un vientecillo levantó hojas del suelo, las que se elevaron formando un pequeño remolino.

—Jonás, no solo encontraste tierra, también hallaste evidencia. ¿Es que aún no te queda claro el mensaje? —De su pico saltó un poco de esa sustancia amarillenta ya conocida. Una pequeña gota cayó sobre el rostro de Jonás, pero este no se percató.

—¿Cuál mensaje? ¿El de que la abuela es una mala persona como tú y todo el pueblo dice?

—No Jonás. Date vuelta —Jonás dudó y luego le hizo caso—. ¿Ves a esa mujer sentada en la mecedora?

El chico de la cara peluda miró por entre los troncos de los árboles hacia el infinito. Allí encontró a la vieja meciéndose en su silla.

—Esa mujer… ¡No es tu abuela! —continuó—. Es una impostora. Tu abuela, tu verdadera abuela, está muerta, sepultada hace mucho tiempo en ese agujero que acabas de cavar. ¡Lo que hallaste son sus cenizas!

Jonás miró al hombre cabeza de pájaro, luego volvió a mirar a la vieja en la mecedora. Su respiración se aceleró a medida que la ansiedad comenzaba a apoderarse de su calma. Una vez más repasó la escena: el hombre cabeza de pájaro, el agujero (que apenas alcanzaba a ver junto al pozo) y la impostora. La vieja se puso de pie y caminó hacia la casa.

—Pero si incluso camina igual que la abuela, maldita sea. Las mismas canas, la misma ropa, el mismo perpetuo deseo de estar sentada en esa silla por horas.

—Lógico. Un impostor, como un buen actor, tiene que ejecutar bien su papel para que sea creíble. Imagina que hasta ahora tú no te habías enterado de nada.

—Es verdad… —respondió Jonás, confundido—. ¿Qué debería hacer ahora?

—Disimular. Haz como que tú no sabes nada. Olvida que hablaste conmigo y regresa a tu vida con normalidad. Termina de enterrar el cadáver del cartero y cuando te sea posible deshazte de la impostora.

—De acuerdo. Espera… ¿qué cadáver?

—El que arrastraste hasta el costado del pozo.

—Es un saco con basura.

Entonces un impulso eléctrico recorrió su cerebro activando un recuerdo. Se vio a sí mismo saliendo de la casa y recogiendo el saco de basura tal como se lo había ordenado la abuela. La película se rebobinó por completo y nuevamente se encontró saliendo de la casa. Esta vez no había allí un saco de basura; en cambio, el cartero estaba tirado en el suelo, envuelto en un charco de sangre y rodeado por pequeños fragmentos de vidrio. Sin despedirse del hombre cabeza de pájaro, regresó al agujero para depositar allí el cadáver del cartero. Procedió rápido; terminó su labor en menos de diez minutos. Su interlocutor lo observó desde el bosque y, tras emprender rumbo, se perdió entre los delgados troncos.

La abuela, o más bien la impostora, continuaba instalada en su mecedora como si nada pasara. ¿Cómo podía fingir tan bien? ¿Cuál era su propósito? Jonás no encontró respuesta a esas interrogantes. Se dirigió nuevamente a la bodega en busca de ideas. Lo primero que vio al entrar fue el filo del hacha, que permanecía tan agudo como cuando la había comprado unos ocho años antes. Y es que, en realidad, solo la había utilizado un par de veces cuando se habían quedado sin combustible para la motosierra. Desplazó su mirada en ángulo recto hacia la derecha y vio la motosierra. Disponía de gasolina suficiente para un par de horas de uso. Por un momento titubeó. Luego evocó la imagen del cadáver del cartero. Finalmente, recordó el cuerpo de su abuela enterrado en medio del jardín. Esta última memoria bastó para que Jonás tomara la decisión. La voz del hombre cabeza de pájaro resonó en su cabeza: “Has tomado la decisión correcta, hijo”. ¿Es que acaso tenía otra opción? Creía imposible fingir frente a aquella criatura. No sabía cuánto tiempo había vivido esa mentira, sin embargo, tenía una idea de cuándo podía haber tenido lugar el rapto de su abuela: el día antes de transformarse en hombre lobo. Ese ser infeliz que se hacía pasar por su abuela era, con toda seguridad, el causante de la pesadilla que venía acompañándole hacía ya demasiado tiempo. Era posible que luego de arrebatarle la vida, recuperase su antiguo aspecto. Era justo quitarle la vida porque, en cierta medida, ese decrépito ser le había quitado la suya. Otra alternativa, incluso más eficaz, se encontraba en nyelyeztyebya. Lamentablemente, él no comprendía la magnitud de ese concepto, él realmente no había dimensionado la potencialidad que una sola palabra guardaba en lo más profundo de su interior. De haber sido así, el final de la historia hubiese sido otro.

Jonás cargó la motosierra hasta el patio trasero, donde la echó a andar. Para ello, la colocó entre sus piernas y tiró en tres ocasiones de la empuñadura de arranque. El rugido inicial se disolvió en la inmensidad del lugar. La abuela, que había regresado a su ubicación usual, se levantó de su mecedora al escuchar el ruido.

—¿Qué pretendes, Jonás? Ve y guarda esa motosierra. No hace falta más leña, tenemos suficiente para esta semana.

El joven, por primera vez, hizo caso omiso a su abuela. Sabía perfectamente de cuánta leña disponían; él mismo había partido los troncos uno a uno para que la vieja no pasara frío. Convencido de que había tomado la decisión correcta, emprendió marcha en dirección a la mecedora. La abuela parecía sobresaltada. Sus pupilas se dilataron y los globos oculares sobresalieron de sus cuencas de una forma que, por vez primera, pareció asquerosa a Jonás.

—¡Cállate vieja de mierda! —gritó Jonás y corrió sujetando la motosierra por el mango de modo que el filo quedó perpendicular hacia delante.

—¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó la vieja, desesperada.

—¡Basta de engaños, impostora! ¡Deja de mentir!

Tras un fallido intento por esquivar el filo de la herramienta, Jonás presionó a fondo el acelerador. La cadena comenzó a girar a altas revoluciones y la espada se clavó con facilidad en el torso de la vieja, rompiéndole las costillas, destruyendo sus órganos vitales y salpicando abundante sangre y tejidos en todas las direcciones.

—¡Maldito seas, pequeño bastardo! ¡Nunca comprenderás el misterio de nyelyeztyebya! —Fueron las últimas palabras de la vieja, antes de que su diminuto cuerpo fuera cercenado por la motosierra y la sangre inundara su boca.

El suelo bajo sus pies se sacudió otra vez: era el topo. Al ver lo que le había hecho a la vieja, se lanzó furioso contra él. Hambriento de cobrar venganza, usó sus afilados dientes para morderle la cola, que justo se había quedado quieta. Jonás soltó la motosierra y esta se desprendió del cuerpo lacerado de la vieja, impactando ruidosamente contra el suelo de tierra. El topo se balanceó en el aire junto con la cola peluda de Jonás, que no dejaba de sacudirse. Con la rabia que sintió al descubrir por medio de la anciana que él nunca tendría oportunidad de entender la magnificencia de nyelyeztyebya, ladeó su tronco de golpe dando una suerte de latigazo, con lo cual pudo lanzar lejos al perro. En el intertanto, alcanzó a tomar la motosierra con ambas manos y dirigirla hacia su actual contendiente. Lo hizo en el momento preciso para que, con su siguiente mordisco, el topo digiriera la cadena que giraba veloz sobre la espada. Otro montón de sangre salpicó el lugar y la ropa de Jonás. Así fue como, en menos de una hora, acabó con las respuestas.

Nyelyeztyebya —resonó en su cabeza voceado por el hombre cabeza de pájaro. Imaginó su pico abriendo y cerrando al ritmo de ese concepto cuyo significado había tenido la posibilidad de comprender, pero que ahora permanecería sin descifrar ad infinitum.

 

📧 ¡Suscríbete!

Cada sábado escribo un mensaje a los suscriptores de mi blog con algunos pensamientos y actualizaciones de la semana. ¡Me encantaría que te unieras!

¡Gracias por suscribirte!
Hubo un problema.