Siempre he admirado a mi padre por su capacidad para levantarse cada mañana e ir al trabajo sin necesidad de un reloj despertador. Aunque es un trabajador independiente —maneja un pequeño bazar en el centro de la ciudad—, nunca lo he escuchado quejarse por tener que levantarse temprano, ni tampoco lo he oído decir «podría abrir el negocio más tarde y dormir un poco más». Las pocas veces que se quedó dormido —escribo en pasado porque ya abandoné el nido— lo podíamos escuchar haciendo más de ruido del usual: se vestía rápido y salía en dirección al centro de la ciudad. El retraso nunca fue de más de media hora.

A mis 26, mi realidad es distinta a la de mi padre. Soy un trabajador dependiente. Me dedico a enseñar en un colegio ubicado en el centro de la ciudad de Linares. Es una ciudad pequeña, de fácil movilidad. Nuestros problemas de tráfico por las mañanas no son nada en comparación a los que adolecen a las grandes metrópolis. Un retraso en el taco te puede costar diez o quince minutos, pero no más que eso. Me levanto a las 6:45 de la mañana. Me meto a la ducha, me visto, desayuno y luego voy en auto hasta mi lugar de trabajo. Mi horario comienza a las 8 en punto. Salgo de casa a las 7:30 solo porque no me gusta llegar tarde: podría salir a las 7:45 y aún así llegar a tiempo. Esta situación seguramente les parece irreal a quienes viven en ciudades más grandes. La ciudad de Linares apenas supera los 70 mil habitantes (según el Censo de 2017).

No parece nada nuevo decir que los profesores trabajamos demasiado, casi incansablemente. La verdad es que, dejando el trabajo administrativo a un lado, enseñar es divertido. Es un trabajo apasionante, demandante, que, en palabras simples, estruja tu cerebro a diario para conseguir lo mejor de ti.

Pero no todo trabajo es divertido. De niño, mi padre vivía en el campo. A temprana edad, se vio obligado a abandonar la escuela. Solo tuvo tiempo de terminar el sexto año de educación básica en un pequeño establecimiento rural. ¿El motivo? No había recursos para que continuara sus estudios en Talca, la ciudad más cercana a San Clemente. Además, su padre consideró que ya tenía edad suficiente para trabajar con él y ayudar a generar algunos recursos para el hogar. Estoy seguro de que mi papá nunca recibió una remuneración por su incesante trabajo, aparte del alimento diario y un techo donde vivir. En varias ocasiones le tocó, junto a alguno de sus hermanos, limpiar inmensos predios que estaban llenos de piedras para luego poder realizar la siembra de la temporada.

No hay punto de comparación entre el trabajo que realizaba mi padre a sus 12 años con el que yo empecé más o menos cuando tenía el doble de esa edad. No cargo piedras, no siembro predios, no trabajo en jornadas extenuantes al sol, mis condiciones laborales son infinitamente mejores, pero esto no significa que yo no me agote. Mientras que su esfuerzo era de carácter físico, el que yo hago es más bien de carácter psíquico: al final de la jornada es mi mente la que se siente sin energía. Aun así, puedo dedicarle cantidades sorprendentes de tiempo a mi trabajo.

Como profesor con jornada completa tengo un contrato por 44 horas semanales. El sueldo que recibo, sin embargo, se paga como si se tratase de 44 horas mensuales —si no has leído el post que escribí al respecto, te aconsejo hacerlo. La verdad es que 44 horas a la semana no son de ninguna manera suficientes para todo el trabajo que hay que realizar: planificar, hacer la clase, evaluar, revisar evaluaciones, retroalimentar y, sí, podría seguir. De esas 44 horas cronológicas, 29 se deben dedicar única y exclusivamente al aula, es decir, a hacer la clase. Las 15 horas restantes, se reparten entre todas las otras labores —incluidos los recreos, los consejos de profesores, las reuniones y entrevistas de apoderados. En definitiva: si un profesor se encuentra con que dispone de una hora diaria para sentarse a trabajar en planificar o revisar evaluaciones, es porque está teniendo un día de suerte: es imposible hacer tanto en tan poco tiempo. Es por eso que terminamos llevándonos un montón de trabajo a la casa para avanzar durante las noches o en nuestros fines de semana.

Un profesor con 44 horas de contrato fácilmente trabaja 70 horas semanales cada semana del año. Si consideramos que una semana tiene 168 horas y le restamos las 70 de trabajo más las 8 horas diarias de sueño, quedan 42 horas. Esas horas se distribuyen en la semana de trabajo entre: almuerzo (1 hora diaria) y transporte (1 hora diaria en casos utópicos como el mío). El resultado: 32 horas disponibles a la semana (o bien cuatro horas y media diarias) para recreación y todo lo que no consideré simplemente por no hacer más agobiante la lectura. ¿Dónde quedó la mentira de las 8 horas de trabajo, 8 horas de recreación y 8 horas de sueño?

Seguro que aun cuando mis cálculos consideran el ejemplo de un profesional de la educación, los números se pueden extrapolar a cualquier otra carrera. El trabajo rara vez se detiene. Nos sigue a casa en nuestros teléfonos, interrumpiéndonos durante una salida nocturna o en medio de una reunión familiar. Si nos descuidamos, el trabajo se convierte en nuestras vidas. Se convierte en nosotros.

En 1930, John Maynard Keynes también se dio la libertad de hacer una extrapolación: si la cantidad de horas trabajadas a la semana seguía disminuyendo al mismo ritmo que en aquel entonces, para 2030 la humanidad podría ser tan rica que las horas de trabajo por persona podrían ser reducidas a solo diez o quince. La realidad en 2020 —a diez años de que se cumpla la fecha límite— es absolutamente diferente. Los ingresos que podrían haber ido a parar a los bolsillos de los trabajadores, fluyeron, en cambio, a los de aquellos que se ubican en la cúspide de la escala de remuneraciones.

Siguiendo la idea de Maynard, uno podría pensar que así como antes un hombre trabajaba 50 horas a la semana mientras su esposa se quedaba en casa con los niños, hoy una pareja de profesionales podría optar por trabajar 35 horas cada uno compartiendo parte del trabajo doméstico y terminar con más dinero y más tiempo libre. Pero eso no ocurre en la vida real. De hecho, es más probable que ambos trabajen 60 horas a la semana y no tengan nada de tiempo libre.

Asegurar un buen puesto de trabajo normalmente exige un esfuerzo y un espíritu competitivo constante. Además, subyacente a todo se encuentran algunas falsas necesidades propias de la vida moderna: la de tener el auto del año y una casa sacada de una revista de interiores y la competencia por poner a los hijos en un buen colegio (es decir, un colegio privado). El problema es que ningún esfuerzo parece suficiente: esa vida que anhelamos siempre se mantiene fuera de alcance, independiente de cuánto luchemos.

Mi papá ha dedicado mucho tiempo al trabajo —de hecho, cumplió la edad de jubilación hace 5 años—, pero creo que nunca le ha parecido que el trabajo sea el centro de su vida. El trabajo es un medio para lograr un fin, es algo que hace para generar dinero y pagar las cosas importantes de la vida.

Por otro lado, también es cierto que la vida profesional ha evolucionado con el tiempo, haciéndose una tarea un poco más placentera. La tecnología ha eliminado la mayor parte de las tareas tediosas del mundo laboral —por ejemplo, yo nunca he tenido que llenar una libreta de notas a mano: hay software que permite generar los informes de calificaciones para los estudiantes y sus familias en cuestión de segundos. Tampoco tengo que firmar un libro o marcar una tarjeta de asistencia en una máquina —llego al colegio, pongo mi huella sobre el reloj control que se encuentra ubicado a la entrada y listo: mi empleador sabe que ese día fui a trabajar y cumplí mi horario.

Si reflexionamos en torno al fenómeno del trabajo desde un prisma un poco más conformista, el hecho de que nuestros trabajos nos sigan a todos lados no es necesariamente algo malo. Por ejemplo, cuando un académico se encuentra en medio de una importante investigación o cuando un publicista se encuentra generando una campaña de publicidad creativa, es normal que surjan grandes desafíos —o ideas para enfrentar esos desafíos— mientras se duchan por la mañana o mientras se dedican al jardín el fin de semana.

Sin embargo, es verdad que hay aspectos negativos. Cuando el trabajo nos sigue a casa, nos quita parte del tiempo que podríamos dedicar a nuestras familias. Nos arrebata la posibilidad de desarrollar una nueva afición o una nueva habilidad. Nos quita el interés por aprender, crecer como personas y mejorar nuestras relaciones con otros. Una solución inmediata es buscarse un trabajo que demande menos tiempo, con la consecuente reducción en los ingresos personales. Y cuando ya te has metido en un estilo de vida en particular, con un cierto nivel de gastos mensuales y un cierto grado de comodidades, es difícil volver atrás.

Hay también un componente social importante en el vínculo que se genera entre nuestra vida y nuestro trabajo: las demás personas refuerzan nuestra creencia en lo que hacemos. Ser exitoso y tener un buen puesto de trabajo promueven el desarrollo de nuestra identidad y mejora la visión que los demás tienen de nosotros. Hacer bien nuestro trabajo nos mete en un hoyo del que no podemos salir: para aspirar a tener un buen trabajo hay que demostrar de lo que somos capaces con perseverancia y esfuerzo; entonces, para mantener ese puesto de trabajo es imposible bajar la guardia: hay que dedicarle más tiempo y concentrar todas nuestras energías en hacerlo bien. Así, poco a poco, los vicios se transforman en virtudes y las virtudes van quedando sepultadas bajo los recuerdos de tiempos pasados en que pudimos hacer más y no lo hicimos.

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