¿Es tan incierto el futuro de la humanidad?

A lo largo de este libro, cuyo itinerario nos permite circular entre robots autorreplicantes y viajar por el hiperespacio, Michio Kaku -sí, el físico con rasgos japoneses de los documentales del Discovery- nos lleva a observar el universo desde el lugar que mejor conocemos: la Tierra.

Con su pedagogía natural, al profesor Kaku no le resulta demasiado difícil seducirnos con la historia de la carrera espacial y los distintos fracasos que se han derivado de nuestro constante empeño por llegar un poco más allá.

En un lenguaje claro, ameno y por medio de una narración entretenida, el libro nos enseña que si bien es posible que no podamos llegar directamente desde la Tierra a un planeta lejano en un único viaje, los cometas pueden resultar buenos puntos intermedios. ¡Qué loca parece la idea de saltar entre cometas para llegar a un rincón alejado del universo!

Me llamó especialmente la atención darme cuenta de que, pese a los tremendos empeños que hemos realizado como civilización por concretar el sueño de una máquina autónoma capaz de igualar o superar a los robots humanoides de las mejores películas de ciencia ficción, un mosquito con poco más de 100 mil neuronas es capaz de volar en un espacio tridimensional mientras que un robot con un software infinitamente complicado aún tiene dificultades para desplazarse sin chocar con las paredes.

Ya sea por motivos que dependen directamente de nosotros (como la contaminación ambiental o el calentamiento global) o bien por el ineludible final que deriva de las complejas ecuaciones de la termodinámica, la vida en la Tierra o en el universo mismo dejará de ser posible. Pero, ¿tenemos alguna opción para escapar de este destino?

Michio Kaku propone básicamente dos caminos: 1) si la Tierra deja de ser un lugar habitable, siempre podemos colonizar un nuevo planeta. Es cierto que sería necesario un desarrollo científico mucho más elevado que el que tenemos hasta ahora, sin embargo, es posible que tengamos el tiempo necesario para alcanzarlo. En este sentido surgen ideas como la animación suspendida o la creación de robots autorreplicantes. 2) Si es el Universo el que se acaba, los viajes por el hiperespacio pueden resultar una alternativa viable si conseguimos obtener y controlar cantidades inimaginables de energía a nuestro antojo.

Parece ilusorio pensar que algún día colonizaremos otros cuerpos celestes, pero también es cierto que el anhelo por conseguirlo está en nuestro código genético. Al fin y al cabo como dice el profesor Maza -repitiendo la frase acuñada por Nick Woolf-: somos polvo de estrellas.

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